Hoy más que nunca vivimos en la era del re-pensar la educación, de la comunicación no violenta, de la disciplina positiva, del “ya no podemos seguir educando así, si fuéramos como los finlandeses…”, y aún y con todo, cuántas cosas nos encontramos en los niños que fueron esos adultos que veo. Una de las cosas que más veo en terapia con adultos son, lo que llamamos desde la psicología, heridas vinculares. El no ser visto, no ser escuchado, no ser oído, no ser mirado tal y como soy (o como era de niño) es una de las heridas más dolorosas que, inconscientemente, arrastramos de mayores.


El otro día una paciente mía lloraba por ver la culpa de su madre que no supo protegerla en su infancia. ¿Y el hueco para su propio dolor o rabia? No había. Estaba demasiado ocupada no haciendo sentir peor a su madre.
Esto es algo muy sutil y frecuente que aún no he escuchado en ningún curso de disciplina positiva y respeto al niño: por favor, no cargarles con nuestros propios sentimientos de culpabilidad. Nosotros somos los adultos, dejemos hueco a sus sentimientos. En todos los cursos de cómo ser padre hoy, encuentro que hay un uso excesivo de los sentimientos de los padres. “Háblale de tus sentimientos, no le castigues ni le grites”. Lo cual, mal entendido puede acabar en padres indefensos, sin herramientas que acaban usando sus “sentimientos” para castigar. Así tenemos padres diciendo “como no has querido comerte la verdura, ya no juego contigo…, ahora no me siento a tu lado, ahora no te hablo. Mamá está triste porque te has portado mal”. ¿Y a mí qué? Entendedme, es que eso no lo puede sostener un niño de 3 años. Apenas puedo sostenerme emocionalmente a mí mismo, mamá, no me pidas más.

Los niños son extremadamente observadores de sus adultos, desde los 6 meses el bebé es capaz de reconocer las emociones básicas a nivel facial en la madre. Por la tanto, cuidemos de que no tengan más que sostener, que sus propias emociones, al menos durante su infancia. A eso yo también lo llamo respeto.

Otro beneficio de la observación es la escucha. Pero la escucha real, sin interpretar, ni poner nuestras cosas en ellos. Cuando los bebes y los niños no hablan es tan fácil poner palabras en ellos, son proyecciones de nosotros mismos: “Este bebé tiene frío, este bebé está cansado, este bebé se quiere ir, uy no le gusta estar aquí…” ¿A él o a ti?

El otro día una paciente mía adulta, me contaba que su padre se había pasado la vida explicándole cómo “era ella”, puesto que “era igual que él”. Con la intención de ahorrarle disgustos y peleas internas, el padre (posiblemente con la mejor voluntad), había ido poniendo sus dificultades, sufrimientos y luchas poquito a poco en ella…, hasta el punto de que ahora ella se sentía como si se lo hubiera tragado. Este proceso no es de la noche a la mañana, es como un riego por goteo, gota a gota se va erosionando una roca. Probablemente empezó en la infancia. Si el padre estuviera aquí diría: “se parecía tanto a mi…”, “la veía pasar por las mismas formas de pensar y sentir que yo…, y no quería que sufriera”. Todo esto se hace desde el amor. Ningún padre lo hace con mala intención.

Por eso, un buen truco para darle su espacio al niño es observar, escuchar y vaciarnos de nosotros mismos. Espera que te diga, no interpretes tanto, no pongas intención en su comportamiento, eso es respeto. Si te fijas bien los niños se comunican desde el primer día que nacen de una forma no verbal. Si nos entrenamos en escuchar y conocerlos, todo será más fácil. Y en caso de duda, espera, no te precipites, él te lo hará saber.

Otro de los ingredientes básicos a tener en cuenta cuando tratamos con niños es justamente ese: respetar su ritmo. Los niños son más lentos que los adultos. Durante el primer año de vida su cerebro esta trabajando a 1000 por hora, haciendo increíbles cambios, desde estar tumbado, hasta gatear, sentarse, levantarse y trepar, en apenas 12 meses. Nunca en un periodo más corto de nuestra vida experimentaremos tantos cambios. Pero todo ello necesita su tiempo. Dáselo. Fíjate a ver si estás respetando su ritmo de comer, al vestirle, ¿le vistes despacio?, ¿hablándole de cada prenda que le vas poniendo? Si puedes dale la mano para caminar y no le cojas en brazos para que vaya más de prisa, si puedes déjale trepar al carro y no le subas tu para ir más rápido. Sobre todo, si puedes, déjale intentar, a su ritmo, hacer las cosas que le cuestan. Solo obsérvale dándole espacio, sin ayudarle, en silencio, disfruta de ver como lo intenta. Si se frustra, si se queja, anímale.

La vida está llena de frustraciones que más tarde tendrá que enfrentar, enséñale desde chiquitín a hacerlo. Cuanto antes practiquéis los dos, cada uno desde vuestro papel, mejor.

Por último, si te das cuenta de que has metido la pata, recuerda que, como dice Iñaki Pastor, el cerebro es increíblemente plástico y siempre estamos a tiempo de reprogramarlo. Eso sí, no te olvides el ingrediente más importante; si el niño tiene amor en la infancia, siempre hay posibilidades.

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